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Tradiciones del Tolima

Tradiciones y Origen de una Raza Pujante

El folclor tolimense rico en variedad, diversidad y tradiciones, forma parte del gran conjunto de las costumbres colombianas que analizaremos a continuación.

Al continente penetraron nuevas razas con características culturales y étnicas muy diferentes. De la fusión de estos grupos étnicos resultó el pueblo colombiano, y es así como nuestro país es uno de los más ricos en su expresión folclórica.

La herencia colonial con todo su bagaje cultural de los siglos XV,  XVI, XVII, XVIII y XIX, empapada de todas las corrientes continentales y aún del mediterráneo, fue factor predominante en la formación de la raza colombiana.

Raza indígena: De las familias lingüísticas existentes en Colombia las más importantes por su número de hablantes y el desarrollo cultural fueron: la familia Chibcha, Caribe y Arawac. Los Muiscas y los Taironas fueron los que alcanzaron el mayor desarrollo cultural. Trabajaban con muy buena técnica la tierra y crearon un sistema de riego artificial. Los Chibchas hablaban una misma lengua, pero no lograron unidad político y social.

La presencia cultural indígena precolombina la podemos palpar en los rasgos étnicos (color de piel, estatura, facciones, etc) de nuestra población; así por ejemplo los habitantes de Cundinamarca y Boyacá presentan rasgos muiscas; los naturales del Magdalena y Cesar influencia Tairona, algunos pueblos de Bolívar, Sucre y Córdoba, presentan los rasgos característicos de los Caribes, y así, cada región guarda sus rasgos físicos según los grupos indígenas que la habitaron o habitan.

Raza negra: Su origen es africano.  Fueron traídos como esclavos y llevados a los sitios donde los indígenas se habían extinguido a causa de los trabajos forzados e inclementes por parte de la dominación española. Los negros trabajaron en las minas, agricultura, ganadería, plantaciones, trabajo doméstico y, en algunas regiones en trabajos artesanales.

Raza Blanca: Esta raza es procedente de los diferentes lugares de Europa, llenando con su cultura nuestro país. Los españoles en su proceso de expansión colonizadora y difusión cultural transmitieron sus danzas, aires musicales, cantos e instrumentos los cuales tuvieron amplia acogida nacional.

Clases de Folclor

Teniendo en cuenta que las expresiones de un pueblo se dan conjuntamente, el folclor ha sido clasificado en cuatro ramas, con el fin de obtener una mayor claridad y comprensión.

Folclor literario: Se expresa por medio de la palabra hablada o escrita, como literatura oral o como literatura gráfica.

Folclor musical: Es la forma de comunicación por medio del sonido instrumental o vocal.

Folclor coreográfico: Se expresa por medio del movimiento del cuerpo humano acompañado de música, acción dramática, o palmotéo.

Folclor demosófico: Está relacionado con todo lo típico de una región o de un pueblo. Relacionado con: vivienda, artesanías, medicina empírica, bromatología, usos y costumbres y las supersticiones.

Origen de las Danzas Folclóricas

En la etapa primitiva nuestros aborígenes danzaban al ritmo de tambores y palmas.  Estas danzas eran en su mayoría realizadas en grupo con sentido mágico y religioso, para celebrar nacimientos, inicio de la pubertad, celebración de cosecha, la siembra, preparativos a la guerra, etc. El indígena tenía danzas y las ejecutaba con sencillez y espontaneidad.

Los europeos trajeron sus danzas con diferentes modalidades como: el trabajo por parejas, que no conocían los indígenas, aportaron el manejo del suelo, con figuras como los ochos, círculos, giros, movimientos combinados entre hombre y mujer, el espaldeo, el abrazo, el coqueteo y manejo de faldas, entre otros; además de instrumentos musicales, y ritmos.

Trajes típicos regionales

Indumentaria femenina.- Las mujeres, desde la llegada de los españoles, fueron cambiando el chircate por la falda, larga, un poco angosta y con pretina. La blusa en tierra caliente fue ya muy tarde, porque lo que usaban eran dos pañuelos grandes, estilo “raboegallo”, anudados sobre los hombros y en el costado, sobre la cintura. Dejaba al descubierto bajo el brazo, con mucha ventilación. Los recogidos tanto del cuello como de la cintura le daban un estilo que hoy serviría para un modelo atractivo. Las liquiras que usaban las indias a manera de pañoleta anudada en el pecho con un gancho de oro, fue sustituida por el pañolón negro de flecos que laboraban en Cundinamarca. Las jóvenes campesinas aceptaron el pañolón de flecos pero en colores vivos, preferiblemente el rojo. Las faldas también lograron colorido y amplitud. Las usaban de “zaraza” floreada, “jula” o “pancho”. Cuando eran de un solo color, las adornaban con galones y randas de colores encendidos, formando contraste, que era lo que las hacía alegres.

Con estas faldas anchas resultaron las blusas blancas con arandelas, ruchas y alforzas, adornadas con randas, letines y encajes bordados. Las mangas unos cuatro dedos abajo del codo y con buches y pasacintas. El cuello era subido, no descotado. Tenían la mayoría una pechera de alforzas de pellizcos alternando con pasacintas y bordados.  La tela preferida era el olán blanco, delgado, especial para la tierra caliente. Como faldas interiores usaban “la enagua blanca” o pollera, que era confeccionada en tela blanquísima llamada “bretaña”, a la cual le prendían en el ruedo un letín bordado bien ancho, que se alcanzaba a ver cuando bailaban el bambuco y el rajaleña. Se recogía en la cintura con una pretina angosta.

La mujer campesina vivía descalza. La que luchaba en la agricultura al lado del marido usaba “quimbas” de cuero crudo, que aprendieron a hacer de los españoles.

Mucho más tarde llegó el uso de las alpargatas, cuya suela es de fique y la capellada tejida de pabilo o de lona, con pespuntes negros y rojos, amarrados con galones negros. Por razones de clima, este calzado gustó a los amos y a los sirvientes. Pero luego entre la clase distinguida llegó la moda de las ”chinelas”, que en tierra fría se confeccionaban en paño y en la tierra caliente eran de pana o dril de colores oscuros. También, el pañolón de “cachemira” se cambió por la elegante “mantilla” española que llevaba en vez de flecos un ancho encaje bordado llamada “blonda”.

Pero las campesinas siguieron usando sus amplias faldas, sus alpargatas de fique, sus enaguas blancas hasta el tobillo, sus trenzas adornadas con una flor y todos los collares llamativos dando colorido a las blancas blusas. Olvidaba decir que las trenzas las sujetaban en los extremos con una cinta de color alegre, preferiblemente el rojo. El uso de las gargantillas, collares, cadenas, pulseras, zarcillos y demás abalorios, ya sabemos que es de herencia. 

El sombrero femenino se llamaba pastora; ala ancha y cinta con lazos en colores vivos.

Indumentaria masculina.- Para abrigarse, por asuntos de clima, el montañero descendiente de pijaos, sustituyó la capita que usaban sobre el dorso, hecha de pieles de animales, por el poncho de lana que traían de Santa Fe. En la cabeza, el bonete que usaban también de pieles para resguardarse del frío, lo cambiaron más tarde por el célebre sombrero “de pelo” que fabricaban en Cundinamarca. El “Poncho”, era una capa rectangular, abierta adelante, pero confeccionada de lana virgen, bien abatanada. Ya sabemos del comercio que se hacía de tales abrigos, lo mismo de las cobijas o mantas del altiplano que más tarde aprendieron a confeccionar en el Guamo y que se hicieron tan famosas.

En tierra caliente, sabemos que el indio andaba desnudo, por razones de clima.  Los ribereños, acostumbrados a la pesca, no necesitaban ningún accesorio, pero los españoles los enseñaron a usar lo que denominan “chingas” y estas eran más cómodas que los “guayucos” que usaban sus paisanos. Al poco tiempo del pantalón corto que usaban los sirvientes en las grandes haciendas llamado “marranero”, surgió el pantalón largo, hecho de “diagonal”, asegurado con dos grandes orejas que prendían de los lados de la cadera y se cruzaban por medio de un ojal y en la otra un botón. Nació la necesidad del “pantaloncillo”, llamándose “calzoncillos” y que se aseguraban en el tobillo con dos cordoncitos del mismo material, es decir “lienzo de la tierra”. En la cordillera, el pantalón ya no era de “diagonal” sino de tela de paño. Los calzoncillos sí, idénticos.

Vino la moda de la camisa en ambas zonas. Era de colores subidos como rosado, tabaco y habano. No llevaba cuello para corbata, sino una fajita como de tres centímetros de ancha, una pechera con alforzas de medio centímetro de anchas. Mangas largas con puño sencillo y cerrado. Completaba el atuendo el pañuelo “raboegallo” anudado en el pecho y que no podía faltar para las fiestas y cabalgatas. Con el uso del “poncho” en tierra fría, vino la célebre “ruana” de lana, cuadriculada y con un ojal gigante en el centro. Les resultó más cómoda para su uso.

En tierra caliente se fabricó una de tela de algodón blanca, con rayitas azules y rojas, en una forma delicada. Al campesino le agradó esta moda y la aceptó con gusto, porque le evitaba la postura de la camisa cuando afanosamente tenía visita o debía salir al poblado a un mandado urgente. La llevaba al trabajo, era una ayuda porque le servía para múltiples usos. No hacía sino “chantársela” en un decir Jesús...! Todavía es la inseparable compañera del tolimense.

El tolimense vivía descalzo. Los españoles le enseñaron a los campesinos dedicados a la agricultura, a confeccionar las “quimbas” de cuero crudo de res. Era como una sandalia con correas angostas, pero lo libraban del suelo caliente, de las espinas, de la humedad, etc. Vino después la moda de la alpargata de fique y luego el de suela de cuero con capellada de lona llamados “cotizas”. Este se aclimató mas en la cordillera y el de fique en la llanura, amarrados ambos con galones negros.

Ya dijimos que en la cordillera usaban el bonete de pieles de animales como venados, conejos, pecaríes. En el valle del Magdalena, el turbante se cambió para el que tenía que soportar el sol canicular, por el trabajo agrícola, por un estoperol hecho de hojas y ramas de palma. Cuando llegó el sombrero de pelo, el campesino calentano no lo aceptó. En cambio, cuando se inventó el blanquísimo sombrero “jipijapa”, que luego fue “suaza” o de “murrapo”, ese si fue de la aceptación general, de amos y siervos, campesinos y lugareños. Mas tarde, cuando se dedicaron a tejer la palma y se multiplicó la industria, éste de paja, sustituyó al de iraca o palmicha, es decir, el mismo “murrapo”. Las sombrereras surgieron por distintos pueblos del sur, siendo célebres las de “Chaparral”, de donde nació la guabina “La Sombrerera”, del ya desaparecido compositor Patrocinio Ortiz. Otros centros famosos eran Purificación, Saldaña, Guamo y Espinal.

Este es el sombrero más usado no sólo en la vida diaria sino en las coreografías de nuestras tradicionales danzas. Se acompaña con la ruana de hilo, las alpargatas de fique, el pañuelo “raboegallo” y la peinilla “crucera” con cartuchera engalanada de flecos de la misma badana.

Para los bailes se pueden remangar un poco una manga del pantalón, más que la otra. El campesino del Tolima Grande nunca usó cinturón de cuero o badana. Cuando le quedaban flojos los pantalones, los aseguraban con atadero de plátano o con una cabuya. El cabello recortado a la usanza de los “hombres” nunca cabellera ni corte indígena porque ese ridiculiza la presentación de una danza como el bambuco o todas las mestizas.

Parafernalia

La “parafernalia” aglutina todos los implementos usados y acostumbrados en las danzas tanto indígenas como mestizas o aculturadas. Por ejemplo: turbantes, plumas, coronas, bastones, collares, semillas, palmas, huesos, cuernos, máscaras, capas, pieles, flores, hojas, canastas, guirnaldas, brazaletes, zarcillos, pectorales, narigueras, lanzas, flechas, cerbatanas, calabacines, cascabeles, blusas, faldas de tela, de fique, de palmicha, polleras, alpargatas, galones, trenzas, sombreros, gorras, pastoras, pantalones, guayucos, chingas, cabuyas, etc. Estos son, más o menos los atavíos o elementos que se utilizan en nuestras danzas coreográficas.

Cómo era un Campesino tolimense

Miradlo allá tendido en su hamaca, arrullando sus querencias con una calma patriarcal, sin rencores, ni afanes, sin desconfianzas y sin odios; se contentaba con lo que tenía, sin envidiar al vecino, al patrón, o a quien poseyera más que él. Listo a prestarle a su compadre o vecino las lupias o el capital que pudiera, sin exigirle documento, ni firmas. Bastaba la palabra empeñada, que para ellos, en aquel tiempo era sagrada.

Con el ardiente sol del medio día “echaba su pisca”, con su chicote en los labios: dejaba vagar su imaginación. Tal vez estaría pensando en que se le aumentaran “sus cursientas”, que no eran sino sus 4 vacas de cría; sus 3 “táparos”, ya jueran melaos, bayos o rucios que son sus compañeros de laboreo… Y sus “correlonas”, los suticos, las apestaditas, que son sus chivas, cerdos y gallinas y que constituyen su diario vivir, junto con su “guertecita”. De tarde, estirado en la barbacoa del patio, con la cara a las estrellas, mirando el cielo azul celeste, cuenta las constelaciones; repasa aquellas que le son más familiares: “Los ojitos de Santa Lucía”, “La Cruz de Mayo”, “Las Tres Marías”, y “Las 7 Cabrillas”. Fuma tranquilo y piensa en “su maladar” como él cariñosamente califica sus sementeras; piensa en “sus lombricientos” que son sus hijos, en “su ajumadita” que es su esposa que Dios le dio para completar sus felicidad en aquel “cuchitril” de “vara en tierra”, que es su vivienda.

Seguía soñando... Con el humo del tabaco subía al cielo su plegaria para una buena cosecha. Pronto llegarían las ferias, luego las fiestas sanjuaneras; tendría que comprar unas “muditas” de ropa a “sus zambitos”, otra para su mujercita tan trabajadora. Tenía que alistar “el alambique” para “el resacao”, porque la parranda debería resultar mejor que la pasada. Tendría que destinar las más hermosas mazorcas para desgranarlas y destinar el maíz para el amasijo. Tenía muchos gastos. El también debería estrenar no sólo el sombrero, quimbas y pañuelo “raboeagallo”, sino sus “chambritas”, sus zamarros de lona, silla, alfombra y tapaojos para su alazán que luciría en las juegas de gallo.

Pero se le hizo tarde y busca “sus cueros” porque tiene que madrugar. Para que? No iba al pueblo a efectuar ningún negocio. No. Madrugaba porque lo enajenaba el bello amanecer, los tintes de la aurora, el paisaje y el baño matinal.  Miraba el horizonte para sus predicciones atmosféricas. Buscaba sus vaquitas para el ordeño. Seguía a la huerta.  Inspeccionaba las plagas, miraba las cercas y arreglaba lo dañado. Volvía a desayunar: plátano o popocho asado, una tazada de “chucula” o de surumba, con un trozo de “chunchuya”. Mas tarde, acompañado de sus mayorcitos se iba a los potreros o al cultivo, llevaba mucho ánimo y mucha alegría. Iba silbando o entonando una canción. Sus hijos la aprendían. Ellos veían a su padre como un maestro que sabía mucho de cultivos, del agua, del aire, de música y de historia de sus tatarabuelos. Al regreso de la labranza, vienen todos alegrando el caminito con sus silbos.

En noches de gran subienda, preparaba los enseres para la pesca y se iba a dialogar con su padre río, que a veces se tornaba iracundo. Sin embargo, cuántos siglos les había proporcionado el alimento. Muchas veces llevaba a sus hijos para que se acostumbraran y fueran aprendiendo los secretos del agua, el aire y del ambiente. Les narraba aventuras con espantos, trasgos y endríagos. Y, cuando la luna sonriente convidaba al romance, dentro de su balsa o canoa, improvisaba coplas que sus pequeños aprendían. Y este campesino, boga, pescador, amasador, agricultor, músico y remoquete supersticioso, le iba enseñando a sus hijos y nietos la filosofía campesina resultado de sus experiencias, labores, ilusiones, desengaños. Así, en su lenguaje rudo, improvisaba sus retahílas, sus dichos, sus refranes que de generación en generación se irán inmortalizando.

En su guertecita tiene sus yerbitas de “sanalotodo” para sus distintas dolencias. Diariamente le confía a sus “retoños” las propiedades de todas ellas.  Y qué hacía en los días festivos? Para el descanso dominical, muy justo en la ardua y tenaz  lucha de la semana? Iba a cumplir con Dios. Emprendía camino, ya a pie o a caballo llevando sus dos o tres “coscojitos” a la santa misa. Entraba a la capilla llevando de la mano los más pequeños. Tenía que acostumbrarlos a rezar, a conocer a los santos y bienaventurados; a hincarse de rodillas y juntar las manos ante la Majestad Divina para darle gracias por lo que le había dado y lo que diariamente recibían. Les mostraba altar por altar y santo por santo diciéndole que ellos eran los aliados en los momentos más difíciles. Rezaba mentalmente por las necesidades más urgentes; recitaba un poco más alto, aquellas jaculatorias que sus abuelos le enseñaron y que él debía repetir a sus herederos. Iba al mercado con sus lupiecitas que amarraba en una de las esquinas del pañuelo; llenaba “la mochila” con el mercado o mercancías necesarios y más urgentes; cargaba a cada uno de sus hijos para ayudarse mutuamente; llevaban telitas, jabón de olor, purgantes, velas, fósforos y herramientas.

Y cómo era en las fiestas? Alegres como unas Pascuas. Exteriorizaba su entusiasmo, su calor, sus emociones.  Con sus buenos tragos de “chirrincho”, bailaba, cantaba, gritaba, decía chistes, lanzaba coplas picarescas y frases lisonjeras y cariñosas. Los acordes de los instrumentos le llegaban al corazón como vibraciones que exaltan y emocionan.

Y en sus disgustos o pendencias?  El campesino tolimense nunca ha sido buscaruidos ni pendenciero. Pero... si lo atacaban, se tornaba como león furioso defendiendo su propiedad, sus querencias, su honra y su familia.  Tampoco era rencoroso. Sabía perdonar las debilidades de sus semejantes, pero no olvidaba las ofensas recibidas. De ahí el refrán acostumbrado: “Perdono, pero no olvido”.

Vísperas de San Juan

En la mañana del 23, el amo y señor de la casa o “del taita señor” bajaba del cacho que está clavado en la pared, en lo alto, cerca del zarzo, la tambora que es “la niña consentida”. Le sacude el polvo, le templa algunas de sus cuerdas de fique y las correas; luego la acaricia y la saca al sol para que se templen sus dos caras.  Al medio día, después de darle el baño con unos tragos de “chirrincho”, ejecuta frenéticamente el toque tradicional, anunciando a los cuatro vientos que allí van a tunar, que se alisten todos los vecinos a honrar a su santo patrón. Aquel día el sol brilla con más esplendor; los árboles aparecen coronados de flores, el aura pasea más acariciadora, de los huertos y jardines se expanden aromas de piñuelas y jazmines, los caminitos antes amarillos y empolvados, ahora sonrientes con siemprevivas y solterones, los pajarillos desde el colibrí hasta la guacharaca parece que repitieran: “iiii.. San Juan...”

Entre tanto, en las cocinas todo es bullicio. Se adoban las gallinas para el sancocho, se preparan las rellenas, los estofados y las chanfainas; otras están envolviendo los tamales de gallina; en la enramada del horno acomodan los insulsos y los envueltos de maduro para asarlos con la lechona; están caldeando el horno y, según el experto, deberá estar bien asada y provocativa la lechona el día de San Juan. Con el atardecer, los caminitos empiezan a llenarse de parejas de campesinos de diferentes edades que van presurosos a la hacienda o a la casa donde hay “parrando”. Las novias van sonrientes con sus blusas blanquísimas con aroma de “pachulí”. Ellos, con su pañuelo “raboegallo”, corrosca “a la pedrada”, ruana blanca listada y alpargatas amarradas con galones negros.

Ya en la barbacoa del patio están los músicos en la delicada labor de templar los instrumentos de cuerda; sus pacientes compañeros, el de la flauta, la tambora, el chucho, la puerca y la carrasca, esperan llenándose de chicha. Llegan y siguen llegando parejas de invitados a tunar. Sobre una mesa larga hay canastos y charoles tapados con albos cubre viandas donde se esconden bizcochuelos, rosquetes, arepitas, panderos y otros bocados deliciosos.

Empieza el baile. Los músicos ejecutan bellísimos bambucos, pasillos, rajaleñas y guabinas. El dueño reparte aguardiente, chicha y guarapo. La señora y las muchachas obsequian mistela y arepitas.  A la media noche todo es frenesí. Las parejas gritan con entusiasmo: “iii. San Juan..” ¡Viva mi pareja...!

Atuendos Típicos

El Sombrero: “Soy el sombrero de pindo, de trenza chaparraluna, y hasta los del “otro lao”, se admiran de mi blancura”.

La copla es muy diciente: El sombrero, al que también han llamado gorra, panceburro, pichilinga, pisca, yamiro, es una de las prendas más ligadas a la vida de nuestro campesino, el calentano. El hombre de nuestro llano ha llevado siempre sombrero; y aun la mujer por lo menos en los tiempos de otrora. Así sea una humilde corrosca destartalada, pero que al menos se siente algo sobre la cabeza. Muchas veces se les descuelga hasta la nuca, siendo una de las formas populares de nuestro hombre llevarlo así;  como con cierto despreocupado desparpajo. Pero que este seguro que en realidad lo lleva al cuello. Hasta en la forma de llevar su sombrero, expone su temperamento anímico o su nivel intelectual. Así por ejemplo, si usa sombrero grande de anchas alas de aquellos que llaman “panceburros”, y además lo lleva clavado hasta las cejas, decididamente es un estúpido o un tonto, y si en cambio lo lleva de cualquier manera o en forma extraña es un loco.  Luego, aquel que lo lleva inclinado sobre los ojos es un pendenciero, un engreído o está amargado o de mal genio. Mas si lo trepa a la corona, como al desgaire y ojala con el ala “a la pedrada” (con el ala arremangada hacia atrás) es porque se encuentra alegre, borrachón o es bondadoso y galante. Si se lo tira hacia el lado izquierdo y a la vez se echa el ala hacia el ojo de ese lado es porque está timbroso y romántico, es enamoradizo, amigo del juego, la tertulia y la fiesta, amigo del acicalamiento, el galanteo y la presunción. Mas si es hacia el lado derecho que inclina el ala de su sombrero, da la señal de un tipo peligroso, frío, calculador, taciturno y agresivo, o posiblemente se encuentra aburrido tal vez decepcionado y uraño. Y finalmente, a aquel que no acostumbra llevar sombrero lo catalogan como a un irresponsable o un vago.

Pero ojo: El típico sombrero del Gran Tolima que ocupa un lugar prominente dentro de nuestras prendas tradicionales, es el de pindo. Es una paja especial que la sombrerera trata convenientemente para darle tersura de marfil y de la cual se sacan finas pajillas, con las cuales se elabora la trenza. Las mujeres de Purificación y sus veredas de Chenche, Coya, así como Coyaima, Guamo y Chaparral han sido por tradición las famosas sombrereras del llano tolimense.

Dispuestas las pajillas correspondientes a la finura deseada del sombrero que se iba a elaborar, se apuntalaban un estantillo de balso o de “ondequera” en la sala, en la enramada del horno o bajo la sombra de un árbol, en el patio.  Procedían luego a tejer, después de amarrar un extremo de lo iniciado al estantillo tantas tejedoras que muchas veces completaban un circulo a su alrededor, un círculo de morenas alegres y pizpiretas, dicharacheras y cantadoras, mientras que sus dedos aleteaban como libélulas sobre pajas que agita el viento. La tejedora por lo regular es joven, ya que la madre le cede esta labor mientras que ella atiende los oficios rutinarios de la casa. Con esta trenza o rejo, que es como se han acostumbrado a llamarla, se han confeccionado los distintos estilos de sombreros de pindo desde las llamadas gorras o sombreros con cintas y calados para las damas, hasta el blanquísimo de fina trenza alón o estilo borsalino, para el hombre. La corrosquita del niño y la “píchilinga” o sombrera burda, para el trabajo. El más popular era blanco, pero hacían unos muy apetecidos con pajas coloreadas a los cuales les daban un tono jaspeado muy llamativo entre verde, rojo, azul y negro.

Se usaron también en nuestro llano otros tipos de sombreros, desde el de fieltro (llamado de pelo) usado en casos especiales, como en un matrimonio, una fiesta de iglesia o un viaje a la capital.  Luego el de murrapo, casi tan popular como el de pindo y orgulloso producto de nuestra artesanía terrígena desde el fino suaza o el pastuso usado con latente vanidad por los hacendados o ricachones, así como el sabanero traído en sus romerías o el aguadeño traído de la cordillera central en los tiempos de molienda de caña, en las cogidas de café, o en las arrierías. Daba gusto ver a un viejo campesino adinerado, jinete sobre su táparo de elegante alzada con todos los arreos de un aparejo pulcros y brillocitos, zamarros de piel, su ramal y su ruana. Y su sombrero suaza de confección pulidísima, terso y muy blanco como una obra de arte, luciéndolo sobre las canas o enarbolándolo alegre en su mano festiva. El uso del sombrero formaba parte de su temperamento o disposición del ánimo, y desenvolvimiento social. Por ejemplo, en sus polémicas aguardentosas o en el barullo de la parranda, agitaba en alto su sombrero. Mientras que en un altercado o estallido de furor lo lanzaba furibundo al suelo en actitud de protesta o desafío. En sus vítores excesos de alegría levantaba el sombrero como estandarte de victoria.  Y que decir en los bailes animados, muy rochelón y pinturero, conducía a su pareja en el loco torbellino de la danza con ademanes del sombrero que muy animoso llevaba en la mano marcando la pauta del baile del bambuco, sin tocarla porque en el baile del bambuco la pareja para el hombre es intocable. Así también el sombrero le prestaba ayuda para defenderse del ataque de los perros, de un novillo enfurecido, del ataque de los moscos o zancudos. Servíase del coco del ala para tomar agua y para avivar la llama del fogón, o sirviéndole de cesta en cualquier eventualidad.

En la copa de su sombrero llevaba la aguja de mano con una hebra de hilo para remiendos imprevistos, la aguja capotera con cáñamo para reforzar el talón de las alpargatas, remendar la mochila o la montura. En el hule por dentro llevaba la cuchilla de afeitar, la fórmula del hierbatero, la carta de la amada y hasta el billete de banco y por último entre la copa sobre la corona, lleva los trastos completos de fumar. Todo esto para preservarlos de la humedad.

La Camisa: Soy la Camisa de naple con botones de totumo, y aunque hayan muchas de seda, mejor que la mía no hay ninguna.

La camisa era el marco de su lucimiento y por eso la usaban generalmente de colores vistosos, especialmente la de fiesta: punzó, azul fuerte, rosado, morado o rojo. Era de cuello subido y apretado, manga larga apretada al puño, pechera alforzada hasta el ombligo en donde iba un travesaño que enmarcaba la pechera.

Antiguamente se usaron camisas de una tela burda llamada “lienzo de la tierra”, de un color blanco sucio, usadas más que todo por las familias indias de Yaberco, Yaguará o en unas veredas de Ortega, en donde aún se encuentran algunos residuos de familias aborígenes puras.  Confeccionándolas a mano, con agujas improvisadas y con hebras de fique o cáñamo. Les ponían botones fabricados de totuma, haciéndoles las dos perforaciones con una lezna. Después las hicieron de naple, con la misma abotonadura; luego de olán o liencillo y últimamente de coleta, prevaleciendo por lo menos hasta los años veintes el uso de la camisa blanca.

La camisa de ir a misa o de fiesta, blanca generalmente, debía estar siempre lista, limpia, muy bien planchada y almidonada. De todas formas nuestro calentano, en sus quehaceres de la casa, en la labranza o el río, acostumbraba a estar con el dorso desnudo, luciendo su guayuco o la prenda antes descrita llamada chingas, y el sombrero. Últimamente estuvieron usando una franela de cuello subido y de manga larga, que se acostumbraron a llamar “salchichón”. Hoy la camisa de trabajo es la vieja de salir y con la modernización consiguiente.

El Pantalón: No era la prenda esencial en su lucimiento. Este por lo general era de paño o de género oscuro, por lo menos el de ir al pueblo, a misa o a la romería. Y de lienzo o género burdo el de ir al trabajo o comúnmente el de entre casa. En su confección era subido de pretina, angosto de bocamanga, largo de tiro y con unas orejas para anudarlos atrás, en reemplazo del cinturón, aunque algunos usaban un cinturón ancho de vaqueta que llamaban correrón. Solo disponía de bolsillos laterales y no llevaba bolsillos atrás ni más perendengues.

La Ruana: Todos me llaman la Ruana, soy de estirpe campesina y sirvo de capa y abrigo, en los llanos del Tolima.

Es tal vez la prenda más vinculada al ancestro de nuestro calentano. Es, podríamos llamarlo, un estandarte de tradición campesina. Como compañera y colaboradora de sus infortunios le ha servido de humilde lecho, así fuera en su soledad y miseria como en sus fugaces aventuras amorosas. Ella ha sido el cobijo dulce y acogedor de su desnudez y un paño humilde en donde secar sus lágrimas. Abrazado por ella conoció sus triunfos, sus pasiones y sus cuitas. La enarboló ufano en la celebración de sus victorias, así como la enrolló humillante en el lecho de sus infortunios, de sus luchas, de sus amarguras. Un campesino del Gran Tolima sin ruana se puede decir que está desnudo.

La ruana típica de nuestro calentano es de hilo, la que en Antioquia llaman “poncho”.  Es un trozo de tela cuadrangular poco más o menos de unos ciento veinte centímetros de listas a lo largo o en cuadros pequeños, generalmente de dos colores, bordada por un deshilachado en forma de fleco y con una abertura para meter la cabeza. También ha usado nuestro hombre otra clase de ruanas, especialmente la de lana cuya calidad o finura le ha dado su peso (fijado en gramos). Las traían de la sabana de Chiquinquirá o de los pueblos intermedios y eran usadas especialmente contra la lluvia o para guarecerse del frío en sus viajes a las zonas templadas de la cordillera. Los paisas utilizan la popular “mulera”, una pequeña ruana de lienzo usada por los arrieros para vendar sus mulas mientras las cargan.

El empleo que de la ruana hace el campesino es muy variado, se guarnece de la lluvia, del sol, del frío, de la brisa; le sirve de pellón en la montura o de blandura en cualquier objeto duro que use como asiento; enrollada en el brazo como escudo en riñas, en las becerradas sanjuaneras; en las ferias o toreos pueblerinos su tradicional capote, de lecho provisional en sus aventuras amorosas. Ha sido además la ruana el humilde pañal del hijo enfermo, así como su capa protectora y galante con la que orgullosas se cubre su amada mujercita.

Los Alpargates: Blanco Alpargate de fique, traído de la Sabana; con orgullo lo calzaron, luciéndolo en sus jaranas.

La mayoría de nuestros campesinos andaban descalzos. El calzado era un lujo difícil de satisfacer. Entonces ya acomodados a la vieja costumbre de no usarlos llegaron a considerarlo engorroso, superfluo y demasiado molesto en su desenvolvimiento rutinario. Pero el alpargate no vino a prestarle ninguna protección al pie de nuestro calentano contra espinas o estacas de su senda porque su suela frágil y mullida era ineficaz para ello. Ni siquiera para guarecerse del polvo caliente de los caminos en las horas de tórrido sol. Así pues atrajo al calentano; fue como prenda fiestera únicamente para lucir. Suavecito como un guante de blanca y algodonosa capellada y con una suela mullida y elegante que da una sutil belleza al pie tosco y deforme. ¡blanco, ligero, bonito! Lo lucían con coquetería tanto el hombre como la mujer. Elástico y liviano muy apropiado para el baile del bambuco; silencioso, delicado, sutil especial para llevarlo en sus paseos con la amada. Cómodo y descansado para las largas caminatas de fácil acondicionamiento al estribo, fáciles de llevar en la mochila junto a la ropa.

Permanecían en el baúl religiosamente guardado como lo hizo después con sus botines. Solo se hacía su uso cotidiano cuando ya estaban viejas. Los alpargates más apetecidos han sido los de Sogamoso.

El Pañuelo “Raboegallo”: Soy Pañuelo Raboegallo”, de vistosos colorines, cuando me llevan al cuello, parecen filipichines.

En aquel entonces al Gran Tolima más que todo por vía fluvial, llegaban del exterior una gran cantidad de chucherías que luego vinieron a ser típicas en un proceso de transculturación hasta nuestros campesinos, haciéndose en la misma forma de uso tradicional: el jabón de olor, los polvos de arroz, el perfume “pachulí”, collares de cuentas de vidrio, postales, encajes y cintas, el pámbiche y el lino, así como unos preciosos pañuelos satinados, grandes y lujosos, con estampados multicolores en forma de colas de gallo, por lo que el campesino le dio el nombre de “raboegallo”, los que acogieron con entusiasmo para anudárselo al cuello buscando así un realce más multicolor a su vistoso atuendo, al extremo de hacerse tradicional en el atavío de nuestro calentano. Agotado el extranjero se siguió usando un pañuelo grande cualquiera de vistosos colores para reemplazar el inicial.

En los bailes, parrandas y cabalgatas, acostumbraban a agitarlo así como solían hacerlo con el sombrero en señal de pletórica alegría. Con el pañuelo se entendían a las mil maravillas con la pareja en el baile del bambuco y en sus vueltas, bien él de rodillas y ella girando a su alrededor cogida graciosamente de una de sus puntas mientras le ofrece guiños enamorados y picarescas sonrisas. También fue usado esto o el de bolsillo en un lenguaje del pañuelo, cuyo arte fue profusamente publicado en libretos y su uso muy popular especialmente en los pueblos.

El Machete: Soy el Machete lustroso, en cubierta enramblada, llevándome en la cintura, mi dueño no le teme a nada.

Seguramente el amigo más íntimo y colaborador del calentano ha sido el machete. Y lo es sin duda de todo el labriego colombiano. Si al referirnos a la ruana aseguramos que sin ella nuestro hombre está desnudo, podríamos asegurar asimismo que sin su machete estaría manco. Le haría falta posiblemente una de sus extremidades más importantes, la más inquieta y laboriosa, porque siempre lo ha llevado como un apéndice pegado a su cuerpo. Y no es que lo lleve comúnmente para sus labores de campo; no señor, sino que el machete forma parte imprescindible en el desenvolvimiento de su vida cotidiana pues no es este solamente un utensilio de labranza o de laboreo, sino el compañero inmediato en su esparcimiento, un complemento atávico especial, a la vez que un factor de prevención, capacidad y valentía. En el campo del laboreo fue el inmediato colaborador del hacha en las contiendas colonizadoras, luchando codo con codo contra la furia vegetal y aún hoy es símbolo de empresa agrícola, de convivencia campesina, de lucha y de progreso. No está de más asegurar que fue él el forjador de nuestra amada Colombia, como asiduo lugarteniente del hacha. Con su colaboración ha construido el campesino las bases para su subsistencia y por lo regular en todas sus actividades o empresas ha sido su más diligente amigo.

Una familia labriega, por pobre que sea, se sirve por lo menos de tres machetes a los que de acuerdo a su estado, estilo u oficio han dado en llamar de forma insólita: machete, rula, mocha, moloca, zuca, troncha, cuchilla, guarrusca, tres canales, peinilla, rabiblanca. Pero ninguno de los mencionados tenía nada que ver con el machete de fiesta o “la peinilla” que es una hoja reluciente y flexible como una espada medieval, niquelada, liviana, con mango ligero de pasta o de cacho, de 18 o 22 pulgadas de largo por unos cinco centímetros de ancho. Va encubierta en funda de cuero lustrosa y decorada entrelazada por dos trenzas que van a terminar en un ramillete de correillas, que han usado con su vestido nuevo amarrado a la cintura con una correa adicional o sujeta al cinturón del pantalón. Se conocieron también aunque muy poco, unas hojas o peinillas raras posiblemente de fabricación alemana con temple de acero muy fino y con incrustaciones de cobre en el mango que tenía forma de una cabeza de águila y estaba dotado además de un crucero dizque de plata como las espadas o alfanjes, y fue especial para inmiscuirla en supersticiones y brujerías; también la bendecían y la usaban contra los ataques del demonio o los malos espíritus. Los juegos de “esgrima”, por aquellos tiempos los más populares entre los líderes del machete, eran: “costeño forastero”, “relancino”, “elástico de sombra”, “relámpago y rayo” entre muchos otros. Cada juego se componía de 32 paradas o lances, diez lances sencillos con una sola arma y veintidós dobles con dos armas (una o dos peinillas, uno o dos garrotes, uno dos puñales o combinados) algunos nombres de los lances: “uno dos”, “barrida”, “garrotera”, engaño”, “desarme”, “tijera”, “rodeo”. Entre los calentanos por su temperamento paciente, cuando se enfurece encuentra en el machete su fuerza peleando a machetazos o planazos (golpes con el plan del machete).

El Perrero: Soy el Perrero labriego, de purito guayacán; los campesinos se amañan, llevándome pa´onde van.

Otro inseparable compañero de nuestro calentano, así fuera que sus recursos le alcanzaran para comprarse un buen machete de cintura, siempre acostumbra a usar su perrero. Y no solo los viejos con el pretexto de usarlo como bordón, sino también los jóvenes ya que un hermoso perrero de guayacán amarillo y terso era algo digno de lucimiento y causaba admiración. El perrero formaba parte de un atuendo. Así fuera una delgada y flexible varita que por lo demás era la preferida de los jóvenes tiesos y majos en sus paseos favoritos. El nombre perrero debió venirle de su uso corriente en la defensa contra los canes que han pululado en los hogares de sus vecinos.

El perrero ha reemplazado al machete en las muchas reyertas campesinas. Con un perrero de guayacán o de rayao podía defenderse de varios atacantes con machete, pues esta madera es muy dura y muy resistente a los cortes. Los más populares han sido los de guayacán, rayao o chicalá. Se cortaban los bretones, se soasaban en la llama o en el rescoldo, se les quitaba la corteza quedando la tez amarillita; se acondicionaba lo mejor posible con su correílla o con una manecilla de cuero. De noventa centímetros a un metro salvo en algunas personas muy altas.

Se han usado como bordón, como palanca para cargar un morral o bulto al hombro, en el manejo del ganado, contra el ataque de los perros, contra el ataque de una res o serpiente. Perreros largos han usado también los matachines en sus danzas o comparsas.

El Guayuco: El tradicional Guayuco se usaba en la antigüedad, se lo chantaba mi taita se iba a desyerbar.

Si sus recursos se lo permitían, al labriego le gustaba tener un pantalón de paño de color oscuro, listado, azul, negro o café, y si era posible uno de pámbiche o de lino blanco, atuendo masculino muy popular por aquel tiempo para casos especiales. Para el tejemaneje cotidiano tenían sus pantalones viejos rotos, remendados de pe a pa y manchados; las camisas viejas llamadas chambras, con el torso desnudo y chingas o guayucos, unos pantalones toscos de lienzo o de género con mangas hasta la rodilla muy popular entre el labriego tolimense. Los indios de Ortega, Coyaima, Yaberco y Yaguará usaban guayucos de cuero de cabra.

El Pañolón: Yo soy pañolón de flecos, de estirpe chiquinquireña, para lucir las muchachas y rebozarse las viejas.

Otra prenda tradicional del Gran Tolima.  El manto o rebozo en nuestros llanos fue tan popular como el sombrero. Así fuera una chalinita de mal en peor o viejos pañolones desteñidos deshilachados, los de las pobrecitas, como bellos pañolones de tornasolados matices, de jersey o satín con grandes flecos vistosos, hermosas chalinas estampadas o rebozos finísimos los de las damas encopetadas de los grandes hatos. El pañolón de uso tradicional en Boyacá, Santander y Cundinamarca, bajó al Gran Tolima y nuestras campesinas lo acogieron por unanimidad tomándole gran cariño, tal que vino a ser completo de su silueta, de su figura, de su estampa campesina. Fue la prenda imprescindible como la gorra o los alpargates. Las viejas lo usaban punzó, negro o verde oscuro, tirado sobre los hombros mientras que con la mano derecha tiraban un sesgo por encima del hombro izquierdo hacia atrás cubriéndose complemente el pecho. El pañolón de las jóvenes es más vistoso y pequeño, con flecos temblorosos y satinados; lo llevan con desenvoltura de su elástico andar, envolviendo las puntas en sus torneados brazos por encima de la blusa de encajes para poderlo extender y caracolear coquetamente. El pañolón ha sido para la mujer lo que la ruana ha sido para el hombre.

Es el cobijo, quitasol y lecho en algunos casos; es colcha o pañal, paño para las lágrimas, estandarte en los bailongos y cabalgatas. En las fiestas sanjuaneras cuando la campechana y pizpireta zaga lo lleva sobre los hombros lo agita jacarandosa abrazándose voluptuosa con el.

 

El Campesino Tolimense y sus “vicios” ancestrales

No cabe duda que en todas las regiones del mundo, sus habitantes tienen, mantienen y guardan celosamente sus tradiciones, entre ellas, algunas que podríamos llamar sus vicios. El campesino tolimense también los tiene, y a continuación hablaremos de ellos.

El Aguardiente: Yo soy el Aguardiente, soy la alegría campesina; el tónico de los pobres, que viven en el Tolima.

Nuestro labriego no es que haya sido generalmente un borracho, no obstante ser para él el aguardiente un “néctar de los dioses”, salvo en muy contadas ocasiones, pues también lo caracteriza ser casero, apegado a su prole, consagrado a su parcela, sin excesivas ambiciones y muy conforme. Pero que le gusta el trago... le gusta, y más que un deleite es una devoción, una especie de hechizo adquirido en su sabor, en sus efectos. Ejerce un magnetismo especial que los hace tal para cual, compañero de infortunio, de triunfo, de farras, de alegrías; también es un tónico, un antídoto, una panacea, un estímulo, hace que su alegría sea franca, espontánea llena de fervor y alborozo.

Nunca le falta su porción en la mochila, en el aparador, en el rincón del baúl, o bien enterrado para que se cure; siempre tiene su “manajuana” o “negrita querida” como suele llamar cariñosamente su botella de aguardiente. Por lo demás obvio que se emborracha y es bochinchoso y hasta difícil de sacar de las cantinas o estanco, y hay quienes se dan borracheras hasta de ocho días, por ejemplo en las fiestas sanjuaneras, en ferias o en las elecciones, llegando del pueblo “madurito” de la “rasca”, horqueteado en su caballito, con el mercado revuelto, sin mercado o sin la mayor parte de él.

Al día siguiente mucho trabajo, pasando el guayabo en la roza, en la sementera, en el pastoreo del ganado y sobre todo una larga abstención. En algunas veredas sacaban el aguardiente a base de savia de fique en lugar de anís; de pésima calidad. Con aguardiente se elabora la tradicional mistela a base de hierbas aromáticas (mejorana, manzanilla, café, hierbabuena) el trago predilecto de las damas, especialmente las jóvenes.

Dentro del núcleo social campesino, el aguardiente ha desempañado un papel muy vasto y muy importante. Lo ha llevado la receta del hierbatero o curandero en pócimas, unturas, emplastos, sobijos, en dolores de cabeza, muela, estómago, para aplacar las lombrices en los niños mezclado con paico, ajo o hierbabuena, para los conjuros, para la anemia, para ganarse el afecto del mohán, porque para librarse de sus ataques acostumbran a llevarle aguardiente; en fin, el aguardiente dentro de su medio no solo ha sido su licor preferido sino uno de los artículos, uno de los medios más necesarios dentro de su vivencia cuyo uso en todos los tópicos de su vida ha sido tradicional y forma parte de un vínculo muy arraigado en el fuero anímico del hombre del Gran Tolima.

La Chicha: Mi nombre típico es Chicha, indígena hasta las cachas; Chicha de maíz nacido, buena la de Ortega y Soacha.

Desde tiempos procolombianos y más que todo por la influencia anímica que el maíz ha ejercido sobre el indio americano, acostumbraban la bebida de la chicha elaborada con distintos frutos y de distinta naturaleza. Como bebida embriagante y como estímulo en sus ritos, danzas y ceremonias. Los pijaos acostumbraban la chicha, y con ella y con otras colaciones del maíz, su planta sagrada, hacían ofrendas a su dios Lulumoy ofrendas llevadas a cabo únicamente por las doncellas de la tribu.

Se hace chicha del fruto de la palma de nolí, de yuca, del fruto de la palma real, de arracacha. Pero nuestra famosa chicha es la chicha de maíz nacido, y la más famosa la de Ortega. La llaman de ojo porque es mantecosita, espumosa y coge en la superficie unos grandes ojos muy semejantes a los del caldo de gallina. Para prepararla se pone el maíz a nacer entre hojas verdes, una vez el maíz embrillado se pila y se pone a cocinar, muy blando; se convierte en masa y con ella se hace la chicha, después de colarla en un balay se le pone suficiente panela y así el primer día está dulce, al siguiente picantona y del tercero en adelante bastante fermentada y lista para la embriaguez. Se servía en totumas de mayor a menor según fuera la medida requerida.

La chicha era imprescindible en las fiestas campesinas, compañera inseparable del asado de lechón, del tamal de moño, y del sancocho de gallina; aún en la vida rutinaria se acostumbra como bebida refrescante y alimenticia cuidándose de no dejarla fermentar demasiado.

El Guarapo: Mi nombre burdo es Guarapo y mi mamá es la panela; les gusta hacerme enjuertar, pa´ fomentar borrachera.

Guarapo de caña o aguadepanela fermentada, que nuestro campesino adoptó como bebida popular, en el mayor de los casos con poco fermento para la sed. Pero así se deje fermentar lo suficiente, es bebida terriblemente embriagante. Fue muy poco usado el guarapo en el sur del Tolima o en el Huila, donde el labriego era más propenso a la destilación de aguardiente o a la preparación de chicha y poco se acostumbró al guarapo. En cambio en el norte, en las grandes haciendas ganaderas o agrícolas, el labriego trabajaba al jornal y era nómada, y ellos si acostumbraban el guarapo por ser fácil de transportar en múcuras, botellón y calabazos.

Podemos asegurar que en el Gran Tolima, mientras la chicha fue hogareña, social y típica de la región, el guarapo ha sido el amigo de la fonda, del arrabal, de la embriaguez burda, de las mentalidades obtusas. Por lo demás si al guarapo se le agrega jugo de piñuelas o algunas cáscaras de piña, es exquisito, y si se le acondiciona al masato o algún poco en el guarruz o así sea solo, es una bebida agradable y muy colombiana.

El Tabaco: Soy Tabaco “Cosechero”, compañero de los caminos, o ese Que llaman “Clueca”, famoso desde hace siglos.

Compañero íntimo del calentano cuyo aliento aromático y fuerte, sedante y confortador, mitiga sus horas de soledad, suavizando un poco sus vicisitudes y sus infortunios.

Le ha sido un bálsamo de consuelo junto con el aguardiente, en sus ratos de meditación, intranquilidad, de tristeza, en sus tareas cotidianas, en los contertulios campesinos, en el solaz de la barbacoa, bajo la sombra de los árboles o en las rancherías, en juegos de cartas (tute, el fierro, o el pablillo), en las fiestas, en las reuniones, en los novenarios de los difuntos, en las parrandas, el tabaco va en su boca como una estaca floja que se agita al compás de su labia, salivando de vez en cuando por un extremo de la boca sin que para ellos lo tenga que retirar de ella, porque ni para hablar o trabajar le estorba. Está acostumbrado a su manejo, a su continua y grata deleitación cómo no ha de conocerlo, de asimilar cachazudamente sus efectos si desde niño ha sentido su caricia, ha sido su acompañante y sus efluvios lo han dejado siempre satisfecho.

Los viejos de antaño acostumbraban juntar chicotes (colillas o cabos de cigarro) para masticarlas cansinamente como así lo hacían y aún lo hacen algunos indios y campesinos en ciertas regiones con la coca.

Eran muy poco adictos a los limitados cigarrillos que llegaban del extranjero, muy caros, mas simples y más escasos.   La fábrica de cigarros “la Patria”, en la ciudad de Ambalema, fue propiedad del inglés Jhon M. Vaughán.  Allí eran elaborados con hojas cultivadas en las vegas del río Lagunilla, fuente de progreso entre las gentes que lo cultivaban junto a las maiceras, yucales, plataneras y arrozales en las veredas como El Triunfo, Dormilón, García, Gallego, Rastrojos, etc. Donde secaban sus hojas y luego era amarrado en grandes manojos y lo llevaban a Ambalema para emplearlos en la elaboración de cigarros como calilla, clueca, puro, etc. Fue en aquellos tiempos de vida fácil y tranquila muy llevadera en el agro. Vida humilde llena de paz, alegría y conformidad que aunque escaseaba el dinero, la comida rodaba por las cocinas como no se volverá a ver jamás.

Acostumbra el campesino a llevar sus tabacos llamados también por ellos los chicheros, la leña, los amargosos, los chicotes, en el bolsillo de la camisa o en el saco, en la mochila y más que todo en la copa del sombrero en donde por mucho que sudara o le tocara manipular en el agua, estaban preservados de la humedad. El tabaco para él es placer, deleite.

 

 

 
 
 
 

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